Ruta de las abejas by Jorge Galán

Ruta de las abejas by Jorge Galán

autor:Jorge Galán [Galán, Jorge]
La lengua: spa
Format: epub
ISBN: 9786075571188
editor: Océano Gran Travesía
publicado: 2020-02-08T00:00:00+00:00


29

—¿De dónde vienen? —preguntó Lobías—. ¿Han vivido siempre en el abismo?

Se encontraban bebiendo una taza de vino caliente junto al fuego encendido. El sol era un círculo amarillo en la lejanía. Antes, habían escuchado el canto de algunas aves, lo que significaba que estaban más cerca de salir de la niebla de lo que creían. By estaba junto a Lobías y fue ella quien contó la historia de su pueblo, ella quien le dijo de dónde habían llegado y quiénes eran.

Se llamaban hamir y no eran originarios ni del abismo ni de aquella región, sino de un archipiélago conocido como las Alas del Cuervo, por la forma de las doce islas que lo componían, las cuales habían quedado bajo el agua, todas menos una. Cuando el mar cubrió las marismas de las islas menores, esta gente se mudó a la gran isla que era el centro del archipiélago, pero muy pronto decidieron emigrar al continente, pues supusieron que el mar acabaría por cubrirla, lo que sucedió menos de un siglo más tarde.

Al escapar, llegaron a una región de acantilados blancos los cuales rodearon hasta encontrar una playa de arenas volcánicas, grises, que también dejaron atrás, dado que no querían tener nada que ver con la costa. Se adentraron a través de las extensiones boscosas y las grandes montañas, donde la primavera era benigna y el verano templado. Aprendieron a cazar los animales de los bosques y construyeron casas de madera, como habían hecho antaño, y buscaron, en las cuevas de las montañas, algunas vetas de metales. Aunque siempre habían sido pescadores, no era su único mérito, ni el más grande, dado que desde que tenían memoria habían sido forjadores de espadas. Generación tras generación, heredaban una antigua sabiduría sin origen aparente.

En algún momento, años más tarde de haber llegado al continente, encontraron lo que buscaban: una veta. Pero también hallaron algo inesperado: un túnel subterráneo, tan hondo que por mucho tiempo nadie se atrevió a adentrarse en sus profundidades. Tuvieron que pasar muchos años para que un solo hombre, un joven llamado Yunar, sin tener un motivo que no fuera su propia curiosidad, decidiera explorar la oscuridad que se hundía en las sombras. Siguió el túnel varias semanas, hasta llegar a una ciudad abandonada, más que construida, cavada en las profundidades de la tierra: cámaras rectangulares, algunas de ellas con diminutas ventanas circulares que asomaban a un abismo. Cada habitación poseía una puerta de madera tallada con imágenes de animales que no conocían, salvo en algunos casos que representaban dragones con las alas extendidas y largas colas. También encontró un salón enorme, semejante al que poseían los castillos de los reyes de la tierra de Emus Bires, y que poseía un pequeño balcón donde se asomó el joven Yunar para comprobar que se encontraba en la mitad del abismo. Revisó las habitaciones de arriba y las bodegas de abajo, y no encontró rastro alguno de los constructores de aquel lugar, pero sí utensilios de cocina, cuchillos de metal, camas, mesas,



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